Ya
es hora de que los científicos dejen de perder el tiempo buscando
rastros de vida alienígena en meteoritos, enviando sondas exploradoras
a otros mundos o intentando captar emisiones de radio inteligentes procedentes
de lejanos sistemas estelares. Mejor que escuchen a los que 'saben',
como el ufólogo Juan José Benítez (Pamplona, 1946),
quien ha anunciado que "más de 3.000 tipos distintos de seres
extraterrestres" visitan la Tierra a bordo de platillos y que "la mayoría
-alrededor del 80%- tiene forma o aspecto humano". Ahí es nada.
Lo dijo en la presentación de su última obra, 'Mis ovnis
favoritos' (Planeta, 2001), un producto cuidadamente editado en el que
Benítez demuestra una vez más que la vena ufológica
se ha secado. Porque el volumen no es más que una recopilación
de fotos y de breves y absurdas respuestas del autor a un centenar de
preguntas de niños.
Que
nadie espere encontrar en este libro la prueba definitiva de las visitas
alienígenas ni algo que se le parezca. En 'Mis ovnis favoritos',
Benítez sigue mareando una perdiz que después de medio
siglo ya no se tiene en pie. Así, toma descaradamente el pelo
al inocente lector hasta el punto de que afirma que conoce muchas fotos
de ovnis que "son espléndidas". Añade que "lo que ocurre
es que, en general, están guardadas en los archivos de los investigadores",
promete mostrar algunas y luego, página tras página, presenta
las mismas imágenes borrosas o claramente fraudulentas de siempre.
Y
todo ello para ilustrar una antología del disparate que confirma,
para quienes todavía tenían dudas al respecto, que el
autor navarro hace tiempo que emprendió un camino sin retorno
más allá de la razón.
En
su nuevo trabajo, Benítez suelta una tontería tras otra
sin tiempo a que el lector se recupere, como no pudieron hacerlo tampoco
los periodistas que asistieron a la presentación del libro. Fue
tan disparatada la rueda de prensa que un reportero escribió:
"De la misma forma que hay quien a base de jugar con sábanas
termina convirtiéndose en fantasma, J.J. Benítez encarna
su personaje con una asombrosa naturalidad". Lo inquietante es que,
desde hace años, da la impresión de que su personaje le
ha absorbido, de que su personalidad ha salido por el mismo gran agujero
de su 'mente abierta' que pudo aprovechar para entrar un émulo
de Juanita la Fantástica. Fruto de esa personalidad invasora
debió de ser 'Al fin libre' (Planeta, 2000), un libro que recogía
los diálogos de Benítez con el espíritu de su fallecido
padre.
Ahora,
tampoco se anda con chiquitas y dice, por ejemplo, que el hombre no
ha vuelto a la Luna porque está contaminada por radioactividad,
después de que los estadounidenses "destruyeron con bombas atómicas"
unos edificios que encontraron allí en 1969, o que los visitantes
"han desarrollado una tecnología tan avanzada que han conseguido
fabricar seres exactos a nosotros".
¿Será
Benítez un extraterrestre camuflado, un humano de cuyo cuerpo
se apoderó el ser de otro mundo con el que asegura que se topó
en la infancia? "Tenía seis años. Sucedió en un
pequeño pueblo de Navarra. Era un ser muy alto, con una escafandra
negra. Me condujo a una especie de gruta. Allí, por lo que recuerdo,
me situó en el interior de algo parecido a un sarcófago
de piedra lleno de luces. Después me abrazó con ternura".
¿Acaso es posible que nunca hayamos conocido al auténtico Benítez,
que el que vive en Cádiz en una casa con forma de platillo volante
sea un infiltrado de los invasores? Si en aquel momento de ternura Benítez
abrió su mente al alienígena, se explicaría su
doble juego: que diga, por un lado, que tiene las pruebas que apoyan
sus increíbles afirmaciones y que, al mismo tiempo, no las presente
nunca. Claro que no hay que descartar que todo sea una pose. A fin de
cuentas, Benítez ha hecho fortuna vendiendo humo. ¿Qué
importa que uno ya no tenga ninguna credibilidad mientras haya ingenuos
ávidos de pagar por leer lo que escribe?
Publicado
originalmente en "El Escéptico Digital" Nº 31, 4 de
junio de 2001.
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