Es diciembre, la fecha de arriba dice mentirosamente “octubre”, pese a que este número estaba prometido para septiembre y a que, según el calendario normal de publicaciones de este boletín, debió haber aparecido en julio. Así nomás están las cosas para La Nave. El tiempo que se requiere para su elaboración ya no es como antes, cuando abundaba. Hoy escasea más bien, se hace agua entre los dedos, y hay que mendigar minutos a otras actividades para cumplir con un viejo compromiso.
Avisamos hace tiempo que esto no iba más, cerrando de forma anticipada la ilusión de llegar hasta el número 40, anhelo que hoy suena casi obsceno, a la luz de las circunstancias. Tiempo atrás, cuando quien escribe y Sergio Sánchez, el otro hombre que siempre estuvo detrás de esta iniciativa, conversábamos casi a diario por teléfono, nos preguntábamos hasta qué número llegaríamos. Alguna vez lanzamos al aire cifras. “Hasta el 30, 40”, dijo uno.
En esas chácharas, que a veces eran también en persona, en mi casa o en la de Sergio, elaborábamos dossieres de todos los temas imaginables. Algunos de ellos, como el especial sobre el caso Valdés, el monográfico sobre los disparates de la ufología, el número sobre astroarqueología que tanto ilusionaba a Sánchez, una segunda patita con las abducciones, descansan ahí, en el computador. Otros se borraron con la invasión de un salvaje virus cibernético. En esos casos, igual había que poner buena cara y sacar el número como diera lugar.
Recuerdo un día de lluvia torrencial sobre Santiago. Media capital inundada y el bus donde mi amigo se dirigía al trabajo quedó atascado en medio de un río que corría impunemente por una calle. Sergio se bajó de la máquina cuando el agua ingresó a ella. Estaba cerca de mi casa, y llegó empapado. Se instaló al lado de la estufa, creo recordar que se tomó un té, y en medio de las conversaciones sobre el tiempo inclemente, los damnificados y lo terrible del escenario climático, salieron nuevas ideas para La Nave.
La cosa era así. A cada rato aparecían innovaciones, nos imaginábamos entrevistas que parecían imposibles y terminaron siendo reales (Jacques Vallée, Jan Harold Brunvand, por citar apenas dos ejemplos) y especulábamos con la posibilidad de sacar una revista en un mejor formato, aunque a la hora de llevar las cifras al papel se nos escapaban de las manos y preferíamos seguir perdiendo la plata que perdíamos, y no más.
La Nave, en términos financieros, fue un escándalo. La única vez que quisimos llevar cuentas, optamos por olvidarnos de esa decisión al poco tiempo. Nos percatamos de que las pérdidas eran permanentes, y en ese escenario no valía la pena enterarse. Mejor perdíamos y ya. Cada nuevo suscriptor, por ejemplo, era un número rojo más, y lo peor es que después de analizarlo, eso nunca nos importó demasiado.
Ahora que, como encargado de este boletín, miro hacia atrás, no puedo dejar de sentir pena, aunque los virus nos hayan borrado de un plumazo meses de trabajo o los números siempre fueran rojos. Hoy eso da lo mismo, y queda la memoria del esfuerzo de varios años que espero no se pierda en cajas donde se acumulan los aburridos archivos ufológicos, sino que dé pie a nuevas iniciativas similares y permita que el pensamiento crítico, la duda permanente y concienzuda, no cedan el terreno que hemos conseguido.
Ahora que el último número de este sueño es realidad y todo termina, descubro que no me aburre La Nave, sus contenidos, trabajar en y para ella, sino que me aburre no tener el tiempo que este empeño merece. Seamos claros: La Nave no puede ser cualquier cosa hecha a la rápida, no puede ser un boletín que se arma apurado, para cumplir con plazos. Para mí La Nave es otra cosa. La Nave es como un hijo malcriado, que merece toda la atención, todo el afecto. Y ahora que lamentablemente no puedo dedicarme por entero a ella, mejor la dejo irse en paz, alegre, sonriente. Sabiendo que su misión se ha cumplido de alguna forma.
Es cierto, La Nave nunca esperó que la comunidad escéptica le diera una recepción de brazos abiertos, básicamente porque el boletín se enclaustró en un análisis de la ufología, disciplina de la que muchos incrédulos –y creo que con razón– prefieren escapar. Pero no desmentiré que más de alguna vez he pensado que las asociaciones críticas, las mismas que muchas veces aceptan a miembros poco preparados sólo en su afán por hacer bulto, no quisieron entablar relaciones con nosotros. Nunca supe muy bien por qué.
Tal vez con el tiempo alcance a vislumbrar esa apatía.
Bueno, éste es un editorial distinto. Sólo resumiré que este número se dedica, en gran parte, a revisitar el legado del boletín. Nos pareció justo hacerlo. Finalmente nadie nos daba mucha bola, y a los pocos que se esmeraron por sacar adelante esto les encantaría la idea de darle una despedida bella, con pañuelo blanco y miradas mojadas con la imagen del navío zarpante.
Quizás sea bueno hacer un repaso. Por ejemplo, en estos años se cimentaron relaciones duraderas y se fueron hundiendo otras que lucían sanas al principio. Se plegaron amigos y se fueron otros. Algunos colaboraron un par de números y nunca más supimos de ellos. Otros estaban lejos de los marcianos y gracias a esta alternativa decidieron volver a echar una mirada en este mundillo.
Pero estas líneas son tristes y no pretendo que sea de otra forma. La Nave ha formado parte de mi vida durante todos estos años y lamento reconocer que de repente los OVNIS perdieron interés, volaron de la prensa, desaparecieron de la tevé, y nosotros no nos preocupamos por la escasez. Al contrario, dijimos “ya estaba bueno”.
De un día para otro los ufólogos, los chantas que dieron pábulo a nuestras líneas más divertidas, se fueron. Se hundieron. Se reformularon. Se aburrieron. Nosotros seguimos, pero aburridos también. Aunque espero que no, es muy probable que eso se haya notado, y seguramente era inevitable que así fuera. Es que simplemente nos hartamos. Miento, simplemente me harté. Esta vez escribo a título personal. Me harté y decidí que era el momento preciso para darle una muerte digna a esta idea, nacida a fines de 1999 o principios del 2000 en una oficina del Instituto de Normalización Provisional, donde hasta hoy trabaja Sergio, y que muere a mediados de 2006 en la pieza de mi hermano, donde está el computador que vio nacer los últimos números.
El aburrimiento, claro, va de la mano con otras cosas. De repente valió la pena más salir a comer con los amigos que sentarse a escribir sobre alienígenas. Y al estar en la calle vimos que había gente jugando, niños riendo y que las personas están en la calle y a tu lado, y que los OVNIS pueden esperar mucho más que la gente. OVNIS habrá siempre, total en último caso eso depende de nosotros. Gracias por la paciencia, gracias por las ganas, gracias por la lectura atenta. Gracias por permitir que La Nave de los Locos pudiera existir y ahora muera de forma digna.
El editor
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